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Salas cada vez más vacías

En la Argentina, cada año va menos gente al cine. Semana tras semana, las recaudaciones son elocuentes. Sin ir demasiado lejos, en el primer semestre de este año se vendieron 1.500.000 entradas menos que en el mismo período de 2007. Como dicen los psicoanalistas: “es así”.

A principios de la década del setenta, la oferta era de 1900 salas de exhibición cinematográfica. No existían los shoppings, en consecuencia tampoco los complejos que funcionan dentro de ellos, y la TV pasaba esas mismas películas dos o tres años más tarde, en blanco y negro. El promedio de plateas era de 600 o 700 cada una. Solamente en la calle Lavalle funcionaban 15 salas de las grandes; en Corrientes, otras 13, y en Santa Fe y Callao, 7. Cada barrio tenía dos, con programas dobles y hasta triples. Casi cuatro décadas después, y en esas tres zonas claves; de 35 pantallas, quedaron 13, diez de ellas producto de la subdivisión de las que lo permitían.

En todo el país, funcionan unas 800, con un promedio de 300 a 400 plateas cada una. En cuanto al cine argentino, el promedio anual de estrenos era de 30, mucho menor al actual, que ronda los 60, y los títulos comerciales populares y los de calidad, o ambas cosas a la vez (que los hubo y hay, últimamente de vez en cuando) salían con medio centenar de copias o más. Competían con los tanques extranjeros que se quedaban por meses en cartel, con reglas mucho menos cuestionables que las actuales. Incluso un puñado de las locales superaron los 2.000.000 de espectadores.

Nada es igual. El tema vuelve con frecuencia, pero nada de lo que se pueda decir acerca de la realidad que nos toca debería reducirse en forma excluyente a una cuestión de números en relación directa con bolsillos con más o menos poder adquisitivo.

En todo el mundo, el cine en salas sufre una gran metamorfosis. Por ejemplo, en Madrid, sobre la Gran Vía apenas sobreviven unas pocas de la docena, que funcionaba hasta casi el final del siglo XX. En estas cuatro décadas, las costumbres del público han cambiado, una metamorfosis que se agudiza con cada recambio generacional.

Desde la llegada del hombre a la Luna, la tecnología corre de prisa. Al promediar los 70, cuando la TV en colores ya se había difundido por todo el mundo, la exhibición en salas comenzó una decadencia que se sostuvo en el tiempo. A ese abandono, siguió una merma en la calidad de los productos ofrecidos de Hollywood, que venía del esplendor de su mejor momento, obras en las que era frecuente encontrar arte e industria por el mismo precio. Y cuando casi una década después en todo el mundo se polemizaba acerca de “la agonía del cine”, llegó el milagro.

La aparición del video doméstico permitió a la gente revaluar el cine. Gracias a los videocasetes, padres e hijos pudieron acercarse a ese entretenimiento que dejaba de ser paradigmático. Todo junto, en copias nuevas y en casa, se empezó a ver lo viejo y lo nuevo, como ya no se podía ver en las salas que iban cerrando, una tras la otra. Poco a poco, los livings se fueron convirtiendo en centros de diversión. Antes de lo pensado, nació la TV por cable y de inmediato el pagar para ver películas a muy poco de su estreno. Mientras tanto, los hijos de quienes disfrutaban este renacimiento conocían los primeros videogames. La TV satelital digital, la revolución del DVD, las pantallas de plasma y LCD, al mismo tiempo que Internet, sacudieron al mundo de tal forma, y a tanta velocidad, que nadie parecía haberse dado cuenta de que había comenzado un nuevo siglo. La globalización tiene consecuencias como ésta.

En todo el mundo, millones de potenciales consumidores de cine vienen modificando sus usos y costumbres. Así como hace rato ya no se editan películas en VHS, cada vez menos público consume cine en salas. Es importante recordar que, por su espectacularidad, buena parte de la producción norteamericana digna de ver en pantallas muy grandes no consigue aquí pantallas monumentales, tal como sucedía hasta comenzar la década del 80, pero fueron recicladas con otros fines.
Oferta y demanda

Con el paso del tiempo, el estado de las nuevas salas (higiene, mantenimiento, calidad de proyección y sonido) se resiente. Algunas costumbres del público, incentivadas por las mismas salas, también cambian y son cuestionables. La inseguridad en cuanto a salidas nocturnas también desalienta al público. El precio de las entradas, que en muchos casos superan los 20 pesos, se siente. Sin embargo, no son razones suficientes para que la gente vea cada vez menos películas en los cines.

Demás está decir que el crecimiento de la piratería, fomentado en algunos casos por el estreno tardío de muchas producciones, y la no preocupación de buena parte del público por la ilegalidad y muchas veces la calidad (sino por lo económicas) de las versiones que circulan por la Web o las veredas son también claves en esta realidad.

Repasemos: en estos últimos años muchas salas de shopping cambiaron de rubro porque el metro cuadrado de local comercial deja mejor renta que el de cine. Ese proceso no parece detenerse. La conversión de salas que fueron grandes en varias pequeñas no parece ni ideal ni suficiente. Tampoco la nueva versión de las nuevas salas de arte. En los últimos meses, se detecta una nueva política de exhibición propiciada por las majors norteamericanas, como reaseguro de su cine hipercomercial: cien o más copias por película, que permiten tener ocupadas tres o más pantallas de complejos de doce o dieciséis salas, cuatro o cinco semanas cada una, con hasta veinte funciones diarias, a razón de una cada media hora.

¿Es posible competir cuando no existen límites claros? En Francia, por ejemplo, la legislación limita el número de copias de cine extranjero y subsidia a las salas que ofrecen cine local. Pero, si las majors salen con menos copias, bajaría la cantidad de público de los blockbuster y esto podría afectar al fondo de fomento (10% de las entradas) que permite subsidiar a casi todo el cine local.

Frente a esta realidad, como de costumbre, el más afectado es el cine argentino. Productores y distribuidores han manifestado su protesta y han dirigido notas al Incaa para expresar su preocupación. La presidenta del Incaa, Liliana Mazure, ha incluido este tema -y otros, como las salas propias y la cuota de pantalla de cine argentino por TV en el proyecto oficial de radiodifusión- en su agenda de trabajo y asegura que habrá novedades en el corto plazo.

Respecto a los cambios generacionales, las consolas para juegos cada vez más sofisticados y realistas proveen a una franja juvenil, y no tanto, de una inmensa oferta cada vez más interactiva que puede, en muchos de los casos, resultar más divertida que la de los estrenos. Para esa generación de pantallas hogareñas de muchas pulgadas en principio de LCD, las salas de cine serán cada vez menos imprescindibles. Internet permite, además, toda clase de espectáculos, que de manera legal o no son consumidos por quienes disponen de banda ancha y tiempo para navegar.

De cara a esta realidad, bajo una ley de oferta y demanda contaminada y sin una regulación eficaz que permita más justicia a la hora de competir con estructuras monumentales, como las habituales de las superproducciones norteamericanas, es difícil predecir qué ocurrirá. Sí queda en claro que todo será diferente y que en ese todo -forzosa o forzadamente globalizado-, en el que la tecnología tendrá protagonismo absoluto, por el bien del cine sería interesante que no se siga perdiendo calidad ni diversidad.

* 400 salas están ocupadas por las cuatro películas que encabezan los listados de recaudaciones semana tras semana: son la mitad de las que están abiertas

* Cada 30 minutos comienza una función de los tanques norteamericanos en la mayoría de los complejos, en los que se ven tres o más copias de cada uno de esos títulos

* 1.5 millones de espectadores menos en todas las salas para los 140 estrenos -70 estadounidenses, 33 argentinos y 37 de otros países- en el primer semestre de este año respecto a igual período de 2007: la baja es de un 8%. No obstante, el cine argentino subió la cuota de mercado de 4,4 (en 2007) al 6%

* 10 a 1 o peor todavía, es la relación entre la inversión para el lanzamiento de una superproducción norteamericana y una película industrial argentina. Con las independientes la cosa empeora: sería ridículo hacer comparaciones

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1036838

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